Cuando comienzo esta empresa desde donde abriré las puertas de mi espíritu para que salga cuanto se encuentra en él, lo hago con el deseo de que a todo aquel que pueda serle de utilidad lo recoja. Pero, al mismo tiempo, sufro la indignación por cuantos sé que, sin escrúpulo alguno, pretenderán apropiarse de mis ideas y obras haciéndolas suyas.

     Pocas vilezas superan a la indicada, pues quien crece aprendiendo del magisterio de otro hace que la vida y el tiempo se enlacen entre sí, resultando un eslabón en la necesaria cadena del conocimiento humano. Pero quien choricéramente, ocultándose en el desconocimiento de los demás sobre el original autor se apropia de la creación ajena para atesorar méritos de otro, es tan despreciable que merece la condición que él mismo se ha forjado. Las obras del artista son sus hijos. Quien nos hurta una obra, nos roba un hijo.

     Difícil es controlar la protección de las obras recién paridas (de esto tengo experiencia). Por lo tanto, me gustaría provocar, crear ó establecer en todo aquel que se considere artista -pues no se puede ser verdadero artista desde la indecencia- la conciencia de denunciar a los farsantes. ¿Ante quienes?: ante los propios artistas y aficionados. Descubrir una falsa autoría es proteger el útero del Arte.

M.Sanlúcar